Ada chi

por Ada Augello

lali chi

Fotos Lali Rosolen

Hugo Zuccarelli cuenta que tenía diez años cuando un accidente de auto sucedió cerca suyo. Sobrevivió al mismo al reconocer la fuente del sonido, es decir, reconocer que detrás suyo, a sus espaldas, dos autos se estrellaban entre sí. A partir de ese momento comenzó una investigación que como resultado tiene unos parlantes de tres metros de alto cada uno, en los que suenan discos icónicos de la industria musical.

El auditorio de la Casa del Bicentenario sirve de resguardo ante el frío de un incipiente invierno en la Comarca Andina. Algo se siente vibrar: “tal vez sea un tornillo flojo” dice Martín Lapa con un gesto un tanto pícaro. Hace un tiempo que invita a escuchar discos con sonido holofónico en este auditorio, también películas. Es una propuesta diferente a otras: anticíclica. 

La cita propone sentarse a oscuras, disminuyendo un sentido que en la sociedad actual está sobreestimulado: la vista. Frente al público del auditorio Lapa responde a la pregunta obvia, qué son los parlantes holofónicos: unas grandes torres que aguardan el momento para desplegar un sonido visceral, que parece venir de arriba, abajo, delante, detrás, de un lado y de otro.

La holofonía es un invento de Hugo Zuccarelli de la década de 1980. Nacido en Buenos Aires y habiendo migrado durante la última dictadura argentina, Zuccarelli comenzó a estudiar ingeniería electrónica en el Politécnico de Milano, Italia. Poco tiempo después, dejó las aulas y se abocó a su primera inquietud: un método de grabación de sonido en tres dimensiones.

A minutos de sumergirse en la experiencia, Lapa avisa asomado a la puerta que está por comenzar. Una chica con un instrumento colgando sobre su hombro le anuncia que no se va a quedar. Ella dice “no, me voy, me duele la cabeza”. Él responde optimista “¡capaz que te cura!” dice, “yo no soy médico, pero este sonido te cura todo”.

Hugo Zuccarelli

Tal vez los nuevos y ocultos aspectos de discos grabados de modo convencional que se escuchan en la holofonía tengan resultados inesperados, es incomprobable. Por lo pronto, ocupan un espacio peculiar en la escena cultural de la comarca. Cuando todo va rápido y al mismo tiempo, Holofonía Patagónica sugiere hacer una sola y única cosa: escuchar.

Zuccarelli cuenta en diversas entrevistas que -luego de mucho trabajo- llegó a la conclusión de que ‘el oído humano podía emitir sonidos y que esa era la clave de su localización en el espacio’. Así fue como se propuso fabricar un tímpano artificial y lo hizo, primero bajo el nombre de Ringo, como el antiguo boxeador argentino y luego como holofonía.

Como en un espejismo, tanto Zuccarelli como Lapa ponen a reproducir discos musicales en una versión que se torna vívida y cercana, como si atravesara los cuerpos. No es más que vibración y electricidad circulando por los cuerpos en la oscuridad. Dos parlantes como columnas van del piso hasta el techo, reproduciendo discos que, aunque conocidos, encuentran en la audiencia una versión más porosa, robusta y penetrante.

Una vez dentro de la sala, quien oficia de organizador del encuentro cuenta la diferencia entre los parlantes convencionales y los holofónicos. Mira por un instante las grandes torres y al levantar una cortina dice “estos parlantes, los de la sala, están divididos en tres etapas: graves, medios y agudos”. Junta una mano en carpa con la otra sobre su cara simulando un cono y arriesga: “tienen un efecto cono”. El auditorio sonríe, prima el encanto de una nueva experiencia. 

Se trata de encontrar la fuente del sonido, sin distorsiones. Como lo hizo Zuccarelli de niño. En este caso, al sonar Yellow Submarine los marinos gritan al oído, indican por donde sumergirse al mundo de cada detalle sonando alrededor. El encuentro insta a la detención de cualquier inercia y a la apertura de los oídos, traspasando el cuerpo propio. 

Casa del Bicentenario

Las primeras pruebas de Zuccarelli fueron encendiendo fósforos. Quienes fueron primeros ratones de laboratorios cuentan que sentían el fuego encenderse dentro de sus tímpanos. De esa manera, -y cuatro décadas por delante en el tiempo- suenan Serú Girán y Pescado Rabioso, The Beatles, Charly García y la emblemática película de Pink Floyd, The Wall.

La nitidez se hace presente y un mundo de sensaciones aflora. Los Dinosaurios de Charly erizan la piel y Lapa, encantado de compartir con la comunidad la vivencia, enfatiza en la importancia de “juntarse en cuestión de entretenimiento, pero también en el hecho de estar sin distracciones, tratando de enfocarse en algo bueno un rato, y sobre todo cuando la cultura está siendo agredida, que es cuando más se necesita”.











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